jueves, marzo 3

En dieciocho años de existencia (que no es poco) llegúe a aprender que una de las emociones más repetidas en esta compleja maquinaria que llevamos en nuestro interior es la decepción. Es fácil mostrarse ilusionado, crearse expectativas, pedir una especie de “mínimo exigido” a la gente a nuestro alrededor… y como el ser humano es imperfecto, en un elevado porcentaje de situaciones acabamos cruelmente decepcionados.

Podemos decepcionarnos con nosotros mismos, con la vida y la suerte en general… y cuando más duele es cuando una persona importante nos decepciona. Asumo que mi vida va a serguir llena de decepciones (aunque también aparecen inesperadas alegrias de vez en cuando).
Pequeñas decepciones han llegado desde mi última gran decepción… aunque esta aún duele un poco. Hace meses que pasó, y hace meses ya que descubrí que la situación era irremediable, y aunque nunca esperé un disculpa (además de que no la habría aceptado), seguro que no hubiese estado fuera de lugar.

Ya no siento ni espero nada de todo lo que sentí… pero a veces el recuerdo de la decepción persiste.

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